jueves, febrero 20th, 2025
Publicado por congregacion
VIII. «POR MÍ Y POR TI»
«Este es mi Hijo amado; ¡escuchadle!» (Mc 9,7). Pedro se concentró en estas palabas durante los días que siguieron a la experiencia que habían vivido en la montaña. No solo porque se habían impuesto con energía a su conciencia, sino también porque ya no conseguía orientarse con respecto a todo lo demás. Todo se confundía en él como en un sueño, o como en una serie de acontecimientos demasiado rápidos para poder conservar de ellos un recuerdo ordenado. El resplandor luminoso que irradiaba Jesús, la presencia de Moisés y de Elías (¿cómo había sido capaz de reconocerlos?), las palabras que los tres se decían sobre el destino del Maestro, su somnolencia y su lucidez; Pedro no conseguía gobernar todo esto en su memoria, en su conciencia, en sus sentimientos, y tampoco podía hablar de ello con Jesús o con los demás.
Pero ahora se repetía continuamente la palabra que había resonado en la nube y que les había llenado de terror, y encontraba en ella una gran serenidad. En el momento era como si hubiera secado en los labios y en el corazón la alegría infantil que le había hecho quedarse en cierto modo en la superficie del acontecimiento que estaba viviendo. Pero ahora esa palabra le transmitía un consuelo que ninguna madre, que ningún padre sería capaz de dar a un hijo que llorara.
Jesús había hablado con frecuencia de Dios como Padre, como su Padre. Había hablado a los discípulos de su bondad, de su perdón; les había dicho que el Padre pensaba en cada uno con ternura, igual que se ocupa de las flores del campo o de los pájaros del cielo. Sin embargo, hasta el acontecimiento que habían vivido en la montaña, esas cosas eran para ellos una realidad en la que creían a través de Jesús, pero que nunca habían experimentado de forma personal. Creían en ellas por Jesús, porque era evidente que Él vivía de esa conciencia. Pero sentirse ellos mismos amados por Dios como por un padre bueno era otra cosa.
Ahora Pedro, Juan y Santiago habían escuchado la voz de este Padre, y esa voz se dirigía a ellos directamente. Pedro sentía en su corazón que, por muy severa que sonase, era verdaderamente la palabra de un Padre lleno de ternura.
«Este es mi hijo amado; ¡escuchadle!» Pedro pensaba en otra palabra: la que había salido de sus labios el día en que Jesús preguntó quién era Él para ellos: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Y Jesús había añadido inmediatamente: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17).
Jesús, Hijo del Dios vivo, el Hijo amado. Pedro intuía que todo eso que de extraordinario había en el Maestro, todo lo que era único en él, toda su potencia y su bondad, toda su profunda sabiduría, todo, absolutamente todo, debía proceder de esa única cosa que definía aquel título: Hijo de Dios, Hijo amado de Dios.
«¡Escuchadle!», había dicho la voz. Pedro se preguntaba si de verdad escuchaba a Jesús. Siempre le había escuchado como mejor sabía, y «por su palabra» había acogido muchas cosas, muchas enseñanzas que no era capaz de comprender. Pero ahora pensaba en la palabra amarga del maestro: «¡Aléjate de mí, Satanás!». ¿También tenía que escuchar esa palabra? ¿Tenía que alejarse, separarse del Hijo amado de Dios que se acababa de desvelar ante sus ojos en el monte? La revelación de la ternura del Padre ¿tenía que coincidir tal vez para Simón con la obediencia a Jesús, que le alejaba de sí mismo, y, por tanto, del Padre que Jesús mismo le revelaba?
Sus sentimientos y sus pensamientos oscilaron entre alegría y turbación hasta el día en que un episodio curioso le dio a Jesús la ocasión de hacerle entender que a los ojos del Padre nada les separaba.
Acababan de volver a Cafarnaúm, a casa de Simón, en donde solían residir cuando no iban por los caminos a anunciar la buena noticia a las gentes de las aldeas. Los recaudadores del tributo para el templo se dirigieron a Simón para que pagase las dos dracmas, como era costumbre. Pero como sabían que el Maestro de Nazaret se alojaba a menudo en casa de Simón, le dijeron que también Jesús tendría que pagar el tributo. Simón les aseguró que Jesús lo pagaría sin problema. En realidad, tenía más bien la intención de pagar él mismo por Jesús, sin comentarle siquiera el asunto. Pero Pedro, menos pudiente que antes, según entraba en casa se preguntaba cómo haría para pagar esa deuda por él y por el Maestro.
En cuanto entró en casa y sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra, Simón vio que los grandes ojos de Jesús le miraban fijamente y, antes de que él dijese una sola palabra, Jesús, sonriendo, le planteó una pregunta extraña: «Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?». Pedro, evidentemente, respondió que son los súbditos y no los hijos los que pagan impuestos al rey. «Entonces», añadió Jesús, «los hijos están exentos». Y añadió: «Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al mar, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata».
Por un momento, Pedro pensó que, si no hubiese sido Jesús el que le hablaba así, habría pensado que se trataba de una burla para reírse luego de su ingenuidad. Pero el final de la frase lo cambió todo: «Coge la moneda -en la mirada de Jesús brilló como un destello de complicidad- y págales por mí y por ti» (Mt 17, 27).
No fue la clarividencia de Jesús, ni el pequeño milagro de la moneda en la boca del pez, lo que hizo a Pedro estar seguro antes incluso de ir al mar. Fueron las últimas palabras las que impactaron a Simón en el centro de todas sus emociones, proyectándole de golpe allí donde la alegría, demasiado grande, asume expresiones típicas del sufrimiento.
Solo Jesús podía comprender lo que experimentaba y, antes de que Pedro se deshiciera en sollozos que solo ellos no habrían tomado por locura, justificó a los ojos de los demás su salida precipitada con un: «¡Anda, date prisa!». Solo el mar fue testigo de las lágrimas y de la risa del apóstol perdonado, pero sobre todo reforzado en su certeza de que compartía con Jesús la condición de hijo predilecto del Padre.
Pedro tomó la moneda, devolvió el pez al mar, se sentó en la orilla, y las olas tranquilas del gran lago marcaron el ritmo de su primera oración verdadera al Padre de Jesús y Padre suyo.
IX. «¿CUÁNTAS VECES TENGO QUE PERDONAR?»
¡Qué bonito era el lago al atardecer!
Pasado el momento de mayor emoción, Pedro permaneció largo rato disfrutando de la dulzura que había dentro de él, igual que la brisa ligera y fresca del lago, que devuelve a las costas la caricia que recompensa a los pescadores después del trabajo cotidiano.
¡Había sido perdonado! ¡Por primera vez comprendía que había sido perdonado! Simón vio de nuevo en sus recuerdos claramente la escena de la pesca milagrosa que le había turbado cuando Jesús había subido por primera vez a su barca. Escuchaba todavía las palabras que le había dicho a Jesús:
«¡Señor, apártate de mí que soy un hombre pecador!» (Lc 5, 8). Ahora se daba cuenta de que en ese momento no sabía lo que decía. No sabía todavía qué significaba de verdad ser pecador, y no sabía qué significaba ser perdonado. Ahora no le habría podido decir a Jesús: «¡Apártate de mí!», porque el verdadero pecado que había cometido había sido el de alejarse de Él. Se había alejado de Él juzgándole, pretendiendo que Jesús se adaptase a sus pensamientos, en lugar de adaptar sus pensamientos a Él. ¡Había juzgado a Jesús! ¿Era quizá este el pecado de Satanás?
«¡Escuchadle!», había tronado la voz del Padre. Sí, Simón no había escuchado al Señor, su corazón no quería escucharle cuando hablaba de su sufrimiento y de su muerte. Pedro creía que reaccionaba así por amor, pero en realidad lo que le movía era el orgullo. Creía que sabía mejor que Jesús y que el Padre lo que era bueno y lo que era malo. ¿Pero qué sabía él, Pedro, de los designios de Dios?
Cuando se sentía condenado, perdido, rechazado, ¿no era quizá su orgullo lo que todavía dominaba en él? Decidía que Jesús no podía perdonarle, y esto era todavía peor que el primer pecado, porque ponía un límite al amor de Cristo, su propio límite. Y pensar que Jesús le había demostrado enseguida la misma amistad, la misma atención, la misma ternura… Pero Pedro ya no sentía, ya no escuchaba. Sus pensamientos eran un fragor de resentimiento que tapaba todo lo que el amor no puede expresar más que en el silencio.
No había comprendido el inmenso amor que Jesús le había testimoniado eligiéndole para subir a la montaña. No había comprendido el amor infinito del Padre al romper los cielos para hablarle: ¡a él, Simón, el pobre pecador orgulloso!
«Por mí y por ti». Estas palabras habían roto sus pensamientos, sus juicios, su medida, y dejaban únicamente en él un corazón desnudo, pobre, herido, pero consciente de ser como un tesoro en las manos del Padre. Pedro comprendió que la misericordia del Altísimo que cantaba en los salmos y en las otras oraciones aprendidas en la sinagoga era el abajarse de Dios que anulaba una distancia infinita e imposible de colmar. Lo que le había liberado y salvado era el perdón, únicamente el perdón.
El perdón. Pero, ¿qué significaba en verdad perdonar?
Simón se puso entonces a reflexionar sobre su vida, sobre las relaciones que mantenía con los demás. Perdonar. Jesús hablaba a menudo de ello, y cuando lo hacía tomaba siempre como ejemplo al Padre, que hace el bien a los buenos y a los malos.
Perdonar. ¿Debía quizá perdonar también él? Había ciertas personas a las que Simón no podía soportar. Con muchas otras se había peleado con frecuencia en el pasado por cuestiones de trabajo o familiares. Ahora tenía que admitir que no quería de verdad a todos los discípulos que rodeaban a Jesús. Es más, a algunos los detestaba. A Judas, por ejemplo, nunca había podido soportarle, sobre todo por su ambición. ¿Cómo era posible que el Maestro tolerase junto a sí a un tipo como él? Otros le eran antipáticos sin más. Reconocía sus cualidades, y que hacían progresos, pero los evitaba lo más posible a causa de su carácter, de su forma de hacer las cosas y de ser, de su educación. Por ejemplo, Mateo, el recaudador, que había dejado todo su dinero para seguir a Jesús. Simón, que estaba allí en ese momento, había admirado la prontitud de su respuesta, sin «peros» ni «quizás». Lo malo era que Mateo, en su opinión, aunque había dejado el dinero, no había abandonado sus modos de recaudador de impuestos, seguía siendo un parásito en cierto modo. Es verdad que no era culpa suya si no había aprendido a hacer otra cosa que contar el dinero que ganaba con el sudor de otros, pero Pedro era un trabajador rudo, ¡y no podía soportar a gente así!
También le fastidiaban en cierto modo las mujeres que rodeaban a Jesús. Algunas estaban demasiado emocionadas, otras eran de buena familia, y Simón se sentía tosco a su lado. Si no hubiese sido por el Señor, ¡nunca habría frecuentado a gente como esa! Pero los demás -se confesó riendo para sus adentros-, ¡tampoco habrían frecuentado nunca a un tipo como él!
En resumen, personas a las que perdonar, ocasiones en las que perdonar, había cada día y casi a cada momento. ¿Tenía que hacerlo de verdad? ¿Cómo podía hacerlo?
Se dio cuenta de que hasta aquel momento había escuchado de forma distraída las enseñanzas de Jesús sobre el perdón, como si aquello no le afectase verdaderamente. Pero ahora, después de haber ido hasta el límite del deseo y de la alegría de ser perdonado, el tema empezaba a quemarle por dentro, y comprendía que no podría conservar la alegría del perdón recibido si no estaba dispuesto a escuchar a Jesús cuando hablaba del perdón que había que practicar.
Pedro se levantó y entró en casa. Se había hecho de noche y le dijeron que el Maestro había salido para rezar en soledad, como era habitual. No volvió a verle hasta el día siguiente, y al estar presentes todos los discípulos, intentó dar a su problema una formulación de corte rabínico: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18, 21).
Jesús no pudo esconder una leve sonrisa, acompañada de una mirada velada de compasión que solo Pedro captó, al tiempo que se sonrojaba por la pregunta demasiado teórica, que no se correspondía en absoluto ni con la experiencia del día anterior ni con el modo con el que solía conversar con Jesús.
Este pareció seguirle la corriente, y retomó con una cierta ironía el estilo rabínico de la pregunta, sometiendo a Simón a un cálculo aritmético que le resultaba inabarcable: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22).
Pero en cuanto vio que Pedro fruncía el ceño por lo complicado de la multiplicación, se apresuró a traducirla en una parábola de contrastes exagerados, más adecuada para hacer trabajar la imaginación y la conciencia de sus discípulos. Narró la historia de un rey que perdonó a un siervo una deuda inmensa porque el siervo no podía devolver nada. Pero, poco después, ese mismo siervo hizo condenar a un compañero que le debía una suma ridícula. Entonces el rey castigó duramente al primer siervo y le dijo: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» (Mt 18,33).
Pedro bajó la mirada, pensativo, pero sabía y sentía que Jesús le miraba fijamente mientras pronunciaba, pesando cada palabra, su comentario a la parábola: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (Mt 18,35).
Se hizo un gran silencio entre ellos. Todos habían asumido la misma actitud que Pedro, y durante un largo rato la sombra de la tristeza que velaba la mirada de Jesús no encontró dónde posarse salvo en las brasas del hogar, antes de poder encontrarse con la mirada de Juan, iluminada ya por el arrepentimiento humilde de los inocentes.
PREGUNTAS:
1. ¿Dedicas tiempo a escuchar a Cristo en tu día a día? ¿Crees que su enseñanza ‘afecta’ a tu vida?
2.¿Cómo es tu relación con Dios? ¿De qué manera le tratas, cómo sientes que te trata? ¿Dedicas tiempo a tu trato personal –oración, sacramentos y formación- con Dios?
3. En el sacramento de la confesión escuchamos de nuevo a Cristo perdonándonos hoy. ¿Cómo, con qué actitud nos acercamos al Sacramento de la Reconciliación? ¿Cuál es tu actitud ante tus errores? ¿Alejarte? ¿Confiar en su misericordia?
4. ¿Qué situaciones te cuesta perdonar? Cuando el perdón se atasca en tu interior, ¿Qué solemos hacer? ¿qué haces tú?