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Martes, 26 Enero 2016 23:39

Evangelio diario

Lecturas de la Misa

19. octubre 2021 : Martes de la vigesimonovena semana del Tiempo Ordinario
San Joel Profeta
Carta de San Pablo a los Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21.

Hermanos:
Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos.
En efecto, si por la falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más razón, vivirán y reinarán por medio de un solo hombre, Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia y el don de la justicia.
Por consiguiente, así como la falta de uno solo causó la condenación de todos, también el acto de justicia de uno solo producirá para todos los hombres la justificación que conduce a la Vida.
Y de la misma manera que por la desobediencia de un solo hombre, todos se convirtieron en pecadores, también por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en justos.
Es verdad que la Ley entró para que se multiplicaran las transgresiones, pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.
Porque así como el pecado reinó produciendo la muerte, también la gracia reinará por medio de la justicia para la Vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor.

Salmo 40(39),7-8a.8b-9.10.17.

Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: “Aquí estoy.

En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón».

Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor.

Que se alegren y se regocijen en ti
todos los que te buscan,
y digan siempre los que desean tu victoria:
“¡Qué grande es el Señor!”.

Evangelio según San Lucas 12,35-38.

Jesús dijo a sus discípulos: "Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas.
Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo.
¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!"

“Permanezcan en vestimentas de servicio”

Sucede frecuentemente que el hombre trabaja en algo y no logra el éxito deseado. La tristeza y el tedio toman entonces su espíritu y se dice: “Sería mejor renunciar a esta tarea que me ha tomado tanto tiempo, sin resultados, y buscar la paz y descanso de mi alma”.

El alma debe entonces resistir, ya que desea el honor de Dios y la salvación de las almas. Debe rechazar los propósitos del amor propio diciendo: “No quiero evitar ni huir el trabajo, porque no soy digno de la paz y el reposo. Quiero permanecer en el puesto que me fue confiado y dar valientemente honor a Dios, trabajando por él y el prójimo”. A veces el demonio, para desanimarnos de nuestras tareas, viendo la turbación en nuestra alma, nos hace decir: “Ofendo más a Dios que lo que lo sirvo, es mejor que abandone esta tarea, no por desagrado sino para no seguir cometiendo faltas”. Padre muy querido, no se escuche, no escuche el demonio cuando pone esos pensamientos en su espíritu y su corazón. Tome las fatigas con alegría, con un santo y ardiente deseo y sin temor servil.

No tema ofender a Dios, porque la ofensa surge de una voluntad perversa y culpable. Cuando la voluntad no es según Dios, hay pecado. Pero cuando el alma está privada de la consolación que ella tenía recitando el oficio y los salmos, cuando no puede rezar en el tiempo, lugar y paz que ella quisiera, no pierde sin embargo su labor, porque ella trabaja para Dios. Esto no la debe afectar, ya que se fatiga por el servicio de la Esposa de Cristo. Nuestra inteligencia es incapaz de comprender e imaginar, cuan meritorio y agradable es a Dios lo que hacemos por la Esposa.

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